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NO. Cuándo y cómo decimos que no en nuestra casa

Creo que desde que mis hijos empezaron a moverse, no fue la palabra que más escucharon. De hecho, me sorprende que no dijeran «no» antes que «mamá«.

Las primeras negativas a los niños, se las decimos por pura supervivencia. «No subas ahí que te caes», «No vayas a la carretera», «No comas aceitunas con hueso que te ahogas…» y así, un sin fin de órdenes que atendían al «no» simplemente, para preservarles con vida.

El trabajo, para mí, viene después. Cuando toman consciencia de la acción-reacción-consecuencia. Cuando una negativa implica más algo más allá de que no le atropelle un coche. Es en el momento de poner los límites, tanto en educación para preservar su seguridad física, cuando empezamos a emplear las negativas.

Educar es difícilisimo. Cada familia lo hace lo mejor que puede, pero vivimos sobre expuestos a toda esta información sobre las diferentes vertientes de la crianza que todo te hace dudar. Si le gritas al niño, estarás educando en el autoritarismo. Por el contrario, si te pasas la vida preguntando, explicando, y hablando en susurros, estarás criando niños débiles. Así que, si ya era complicado de por sí, nos lo podemos complicar aún más con toda la literatura que hay al respecto.

Hace un tiempo publiqué un post sobre las normas que tenemos en casa, pero no profundicé en cómo ponemos los límites. Por eso, quería explicar un poco más, cómo funcionamos en nuestra casa:

 

CUANDO DECIMOS QUE NO EN NUESTRA CASA

Con esto no quiero decir cuándo damos una negativa, sino cuándo usamos la propia palabra.

  1. Cuando es algo peligroso. Alimentos, cruzar en rojo en el semáforo, abrir la puerta en marcha…  En este caso, no me veo diciendo «Cariño, mejor no te comas la aceituna con hueso» porque para cuando acabase de hablar, el niño se hubiera ahogado. O cuando sale corriendo a la carretera sin mirar atrás, tampoco me veo tranquila y calmada diciéndole «Mi amor, hay que cruzar en verde para que no te atropellen los cochecitos, brum brum«. En estas ocasiones, usamos la autoridad. Decimos claramente «Eso NO se hace«.
  2. Cuando hay un mal comportamiento reiterativo. Si le he dicho en positivo varias veces que algo no se debe hacer, pero la acción persiste. Esto nos pasa… y mucho. En un principio, siempre estoy calmada dando las órdenes y con una explicación adecuada. Pero cuando tengo que repetir 30 veces una misma cosa, doy un paso al frente.
  3. Cuando vulneran las normas de educación básicas. Esto es un baremo particular de cada familia. Para nosotros es importante que los niños digan «Buenas tardes» si se cruzan con un vecino, o cuando entran en una tienda, o si nos paramos con alguien en la calle. Le damos importancia a eso. Puede ser que otros padres no se la den. Otro aspecto en el que queremos que se porten muy bien es a la hora de comer. Más aún si es en un restaurante… ahí, nos gusta que se porten lo mejor posible. Dentro de que son niños, y no robots, intentamos que coman ordenadamente, con cubiertos, sin jugar con la comida, y pidiendo permiso para levantarse de la mesa.  No pretendemos que con 6 y 2 años, aparezcan sentados y disecados en una silla. Somos conscientes de que se tienen que mover, hacer algo de ruido… son niños. No obstante, como ya he dicho, hay dos cosas por las que no pasamos: levantarse sin permiso de la mesa, y jugar con la comida/bebida. Aquí también, sale el «eso no se hace«.

 

 

COMO DECIMOS QUE NO… O COMO LO INTENTAMOS

En un principio, la corrección de un comportamiento siempre viene en positivo y sin usar la palabra no.  Intentamos explicarle porqué tiene que cumplir una orden. Le ponemos en situación, le explicamos la acción que queremos y le contamos cuál será la reacción y consecuencia.  «Dúchate y ponte el pijama, así podremos cenar y jugar, y mamá estará muy contenta». Ejemplos:

  • No quiere venir a cenar. «Ven a cenar, por favor, porque si no luego no te dará tiempo a jugar antes de dormir»
  • Pega a su hermana. «Si pegas a tu hermana, no querrá jugar contigo»
  • Le quita juguetes a su hermano. «Si le quitas el juguete, no querrá compartir contigo más».
  • No obedece a una orden. En este caso, le damos la oportunidad de enmendar el comportamiento. Yo siempre le digo «Tú ya sabes portarte bien, confío en ti«. Muchas veces me funciona y él se pone contento de haberme obedecido.

Desde le cariño, e intentando no perder los nervios cuando hay que repetir lo mismo 40 veces (como mínimo), intentamos que educarles sea visto por parte de todos como algo positivo. Evidentemente, no siempre es posible. Mi casa no es la Casa de la Pradera, y hay follones casi todos los días.  Los padres no somos perfectos y hay días que tenemos tiempo y paciencia para toda la teoría, y otras veces, cuando he dicho 128 veces «dúchate» va todo con el artículo 33. O sea, porque lo digo yo.

 

¿DONDE ESTÁ EL EQUILIBRIO?

En educar en base a tus valores. Todas estas cosas que yo he enumerado, me sirven a mí. Y no siempre. Cada familia lo hace lo mejor que sabe y usando las herramientas que mejor les van. En casa funcionamos con cariño, intentando gritar lo menos posible, dándoles la palabra a los peques para que se expresen (al menos Telmo que habla) y con amor. Pero también con autoridad. Somos los padres, somos una jerarquía, y simplemente por antigüedad, sabemos más. Por eso nuestra tarea es tan difícil. Enseñarles a vivir. 

 

 

Living la Vida Madre..Ohh Yeah...!
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